Quirófano

Quirófano: programación, checklist de seguridad y uso real de las salas

Manos enguantadas de un equipo quirúrgico trabajando con instrumental durante una cirugía

Foto: Stéf -b. — Pexels

El quirófano es, por lejos, el recurso más caro que administra una institución de salud: infraestructura, equipamiento, esterilización y un equipo de varias personas que tiene que estar disponible al mismo tiempo. También es, en la mayoría de las instituciones, el recurso del que menos se sabe.

Se sabe cuántas cirugías se hicieron, porque están las historias clínicas. Lo que no se sabe es cuánto se usó la sala: cuántas horas estuvo ocupada, cuántas quedó libre porque se suspendió algo, cuánto pasó entre una cirugía y la siguiente. Y sin eso, cualquier discusión sobre si hacen falta más quirófanos es una discusión de opiniones.

La programación es el módulo, no la agenda

Un parte quirúrgico no es un turno. Un turno de consultorio necesita paciente, profesional y horario. Una cirugía programada necesita bastante más, y todo tiene que estar disponible simultáneamente:

  • La sala, durante un tiempo que depende del procedimiento.
  • El equipo quirúrgico: cirujano, ayudantes, instrumentador.
  • El anestesiólogo, que suele ser el recurso más escaso y el que menos se contempla al programar.
  • La evaluación prequirúrgica del paciente, hecha y vigente.
  • Los insumos y el instrumental específicos del procedimiento.

La programación existe para verificar que las cinco cosas coinciden antes de citar al paciente. Cuando falla, la consecuencia no es un hueco en la agenda: es una persona en ayunas desde la noche anterior, a la que hay que explicarle que se suspendió.

La suspensión es el indicador más honesto

Si hubiera que elegir un solo número para saber cómo funciona un quirófano, sería este: qué porcentaje de las cirugías programadas se suspende, y por qué.

Lo importante es el por qué, porque los motivos exigen respuestas que no tienen nada que ver entre sí:

  • Si se suspende porque el paciente no se hizo los estudios previos, el problema está en la consulta prequirúrgica.
  • Si se suspende por falta de insumos, el problema está en abastecimiento.
  • Si se suspende porque no había anestesiólogo, el problema está en la programación misma, que citó sin tenerlo confirmado.
  • Si se suspende porque se estiró la cirugía anterior, el problema está en cómo se estiman los tiempos.

Sin el motivo registrado, todo se explica con la misma frase —se complicó— y ninguna de las cuatro se corrige.

El checklist es un registro, no un trámite

La lista de verificación de seguridad quirúrgica es una de las intervenciones con mejor evidencia en toda la gestión sanitaria, y también una de las que más rápido se convierte en un ritual vacío.

La diferencia entre un checklist que sirve y uno que no está en un solo punto: que quede registrado quién lo hizo y cuándo. Un checklist que se completa de memoria al terminar el día, o que firma siempre la misma persona por todos, es un papel. Uno que se completa en los tres momentos que corresponden —antes de la inducción anestésica, antes de la incisión, antes de que el paciente salga de la sala— y queda asentado con su responsable, es una barrera de seguridad real.

Vale aclararlo porque el argumento aparece siempre: el checklist no está para cubrir a la institución. Está para que la verificación ocurra. Que además quede documentada es una consecuencia, no el objetivo.

Los tiempos que conviene registrar

Con cuatro marcas horarias por cirugía se puede reconstruir todo lo que importa: entrada a sala, inicio del procedimiento, fin del procedimiento y salida de sala.

De ahí salen los dos números que discute cualquier dirección con el jefe de quirófano:

  • El tiempo quirúrgico real por procedimiento, que casi nunca coincide con el estimado al programar. Programar con el estimado es lo que produce las cascadas de demora que arruinan los últimos turnos del día.
  • El tiempo entre cirugías: lo que pasa entre que sale un paciente y entra el siguiente. Es donde se pierden más horas de sala, y es el más fácil de mejorar porque casi siempre es un problema de coordinación y no de recursos.

Y después, la descripción quirúrgica

El parte quirúrgico termina en un documento que es parte de la historia clínica: qué se hizo, con qué hallazgos, con qué equipo, con qué anestesia y con qué complicaciones. Cargado en el mismo lugar donde se programó, hereda todo lo demás y no hay que volver a identificar al paciente ni al equipo.

Es también el registro del que sale la facturación del procedimiento. Cuando la descripción vive en un archivo aparte, lo que se factura y lo que se hizo se separan, y esa separación siempre termina costando plata en alguna auditoría.

En resumen

Un módulo de quirófano no acorta cirugías ni consigue anestesiólogos. Lo que hace es más concreto: verifica que todo esté disponible antes de citar, registra la verificación de seguridad donde ocurre, y deja los tiempos anotados para que el uso de la sala se pueda medir. La primera vez que una institución ve su porcentaje de suspensiones abierto por motivo, suele encontrarse con que la causa principal no era la que todos suponían.

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